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Por DANIEL RIOBÓO BUEZO

Vivir una final de Copa inglesa es algo único e inolvidable. La FA Cup es la auténtica fiesta del fútbol del país que inventó este deporte. Se trata del torneo más antiguo del mundo (su primera edición data de 1871) y cada año se celebra en su escenario más emblemático, el estadio de Wembley.

El estadio de Wembley en la presentación de la final de la FA Cup.
El estadio de Wembley en la presentación de la final de la FA Cup.

Conseguir entradas es teóricamente muy complicado porque las 86 mil disponibles para la final estaban vendidas desde hace días. Pero siempre es posible intentarlo. En las taquillas sufrimos la primera negativa y después fuimos preguntando a aficionados del Wigan porque queríamos vivir con ellos el día más importante de un club humilde en busca del mayor triunfo de su historia. El que la sigue la consigue y tampoco podemos negar que el factor suerte se alió con nosotros ya que al vernos preguntar un aficionado del Wigan se nos acercó. Tenía dos entradas de sobra de dos amigos que no habían podido ir. Del precio más económico, justo en el sector de los aficionados del Wigan y sin tener intención de obtener plusvalía alguna. Jugada redonda, la cosa empezaba bien y aún teníamos tres horas para vivir los prolegómenos.

Cuando tuvimos las entradas en nuestro poder, no nos lo podíamos creer.
La suerte se alió con nosotros a la hora de conseguir las entradas ya que estaban agotadas.

En los alrededores de Wembley todo eran camisetas azules. En Inglaterra si acudes a un partido sin portar la zamarra de tu equipo te falta algo y así pudimos comprobarlo, prácticamente todos los aficionados van uniformados. Los celestes son los seguidores del Manchester City, el nuevo rico de la Premier con una plantilla de estrellas conformada a golpe de talonario con cuenta domiciliada en los Emiratos Árabes y que buscaba su sexta Copa. Las camisetas más oscuras eran del Wigan Athletic, el equipo modesto de una ciudad de tan sólo 90 mil habitantes con derecho a soñar por una vez. En la Premier desde 2005, el Wigan buscaba el primer título de su historia. David contra Goliat.

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Los aficionados del Manchester City se las prometían muy felices antes del inicio de la final.

Antes del partido, cánticos, compadreo y cerveza, mucha cerveza. Comemos en un pub cercano a Wembley y el ambiente es fantástico. Las aficiones se mezclan sin ningún problema y sin atisbo de violencia, por suerte el tiempo del hooliganismo queda lejos en Inglaterra, al menos a nivel de clubes. Tras comer, tomar una pinta y responder algunas veces a la razón por la que dos españolitos estemos allí, es hora de ir al estadio. El nuevo Wembley no tiene el aroma del viejo pero impresiona igualmente por su espectacular diseño. Una estatua de Bobby Moore, héroe del mundial del 66, preside la entrada en donde se ven todo tipo de atuendos y donde los efluvios de las pintas de cerveza van mostando sus efectos eufóricos entre los hinchas. Y es que dentro del recinto solo se puede beber cerveza sin alcohol por lo que muchos deciden ir algo “entonados” al entrar. El ambiente del fútbol inglés, como bien reflejaba Nick Hornby en su aclamado ‘Fiebre en las gradas’, sigue siendo único.

Aficionados de uno y otro equipo se hacen fotos con la estatua del mítico Bobby Moore.
Aficionados de uno y otro equipo se hacen fotos con la estatua del mítico Bobby Moore.

Una vez instalados agradecemos que las gradas de Wembley estén cubiertas casi en su totalidad porque la casi siempre presente lluvia londinense también ha decidido mojar la final. La ceremonia previa al partido rezuma tradición y el himno británico, totalmente respetado por todos los asistentes, es presentado esta vez a capella por intérpretes de ópera acompañados por todo el estadio al unísono. Desde nuestros asientos es fácil comprobar la ilusión que este partido genera entre los seguidores de este humilde club del norte de Inglaterra. Abuelos, padres, niños, hasta tres generaciones comparten juntos el sueño de destronar por una vez al vecino rico.

Niños aficionados del Wigan viven con emoción el desarrollo de la final. Faltaba lo mejor de la tarde.
Niños aficionados del Wigan viven con emoción el desarrollo de la final. Faltaba lo mejor de la tarde.

Y para dejarlo patente, durante todo el partido, los cánticos están presentes. Entre estos, desde los de mero apoyo como el “Come on Wigan” hasta las canciones icónicas. Las más celebradas, el clásico de Johnny Cash “You are my sunshine, my only sunshine, you make me happy when skies are grey ” y el popular “I am a believer” de Neil Diamond, el equivalente mejorado del “Sí se puede” que entonan los equipos más modestos en busca del milagro deportivo. Escucharlo por parte de miles de gargantas al unísono pone la piel de gallina y a medida que avanzaba la final se convirtió en el himno oficial para los aficionados del Wigan.

En cuanto al partido, no es el mejor que hemos podido ver aunque la tensión fue evidente sobre el césped. El Manchester City no hizo honor a su pedigrí en ningún momento y jugó sin convicción, como si tuviera más que perder que ganar. Mientras, el Wigan fue creciendo en confianza a medida que pasaba el partido y así lo reflejaron sus aficionados. Eso sí, la impronta del fútbol británico sigue presente y, ante el fútbol de toque con el sello de Roberto Martínez, muchos aficionados preferían un camino más corto hacia el área y no paraban de gritar el “put it into the box” (métela al área). Así, tras una primera parte sin apenas oportunidades, las ocasiones del Wigan se sucedieron sobre la puerta del City hasta que en el descuento, cuando todos daban por segura la prórroga, llega el milagroso gol de Watson y el orgasmo se propagó en la grada del Wigan. Gritos, lágrimas, abrazos…el fútbol despierta nuestras emociones como pocas cosas consiguen hacerlo y el sábado en Wembley se escenificó una vez más.

El momento en el que acaba el partido y estalla el júbilo. Ahora sí, de verdad, el Wigan es campeón de la FA Cup.
El momento en el que acaba el partido y estalla el júbilo. Ahora sí, de verdad, el Wigan es campeón de la FA Cup.

La grada del Wigan es una auténtica fiesta y Roberto Martínez, el entrenador español del equipo, un nuevo ídolo aclamado incluso más que los propios jugadores el recoger el trofeo. Mientras, los aficionados del City abandonan rápidamente el estadio con la decepción reflejada en sus rostros. El fracaso del equipo, ganador de la Copa hace dos años y de la Premier la temporada pasada, ha sido absoluto y la derrota pasa factura solo dos días después a su entrenador, Roberto Mancini, fulminantemente destituido. Nosotros seguimos disfrutando y alternando con los aficionados de un momento irrepetible, del sueño del pequeño que se atrevió a ser grande por un día.

Pero no todo podía ser felicidad para el Wigan. Tres días después de la final, el equipo ha perdido con el Arsenal y descenderá a la Championship, la segunda división inglesa, con lo que para sus jubilosos aficionados esta temporada será agridulce. Jugarán en Europa estando en la segunda división inglesa, un hecho tan curioso como casi insólito (en España ocurrió en una ocasión con el Castilla al jugar la Recopa). Pero de lo que estamos seguros, cuando pasen diez o veinte años, es de que lo que recordarán los aficionados del Wigan de este 2013, al igual que nosotros, será aquel 11 de mayo en Wembley donde fueron capaces de doblegar al todopoderoso Manchester City y vivir una tarde de gloria inolvidable y probablemente irrepetible. 

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